Hay gente a quien le resulta algo obsceno la celebración de
ayer de los simpatizantes del Partido Popular en la calle Génova y ese salto
amagado de Mariano Rajoy al poco de aparecer henchido y sonriente en el balcón
de la sede de su partido. En cierta medida, seguramente tengan razón si
atendemos a que se hace cargo de un país con más de cinco millones de parados,
saqueado en lo económico y herido en cuanto a capacidad de liderazgo en una
Europa en la que todos le miran con malos ojos. Pero deben entender que Mariano
también tiene sus razones para ser feliz por un ratito. Y sus votantes a escenificar
una especie de liberación interior. El saltito en cuestión no ha agradado, pero
resulta un hecho inherente a un político que gana las elecciones.